Christopher Smith. Diciembre 2017.

Extracto del artículo publicado por Christopher Smith en la revista Ejecutivos.

El nuevo modelo de convivencia en la sociedad occidental del que tanto se habla viene fraguándose desde tiempo atrás, acelerado por la expansión a todas las clases sociales de las nuevas tecnologías. Subyace por debajo una transformación de mayores proporciones consistente en la mutación en la estructura de valores que los millennials prefiguran. Este cambio, que afecta tanto al plano social como al personal, conlleva la reformulación de conceptos presuntamente universales como la autoridad, el medioambiente, el esfuerzo, el bienestar, la libertad personal, el respeto, la tolerancia, el sentido de la existencia, etc.


Las nuevas referencias encuentran su hontanar en la paulatina interiorización de la noción de sostenibilidad, entendida como sinónimo de viabilidad y perdurabilidad. Los más espabilados aspiran a una sostenibilidad no solo medioambiental, sino a una que abarque lo económico y lo social. Se encuentra en juego no simplemente la salud del planeta, sino modos insólitos de formular e interpretar las decisiones de la criatura humana, tanto en el entorno de las empresas como en el de las administraciones públicas. Esta evolución en los modelos de convivencia implica renovadas – y legítimas – exigencias de responsabilidad.


En el nuevo contexto, aparece una tipología de cliente que se suma a los tradicionales interno y externo. Hablamos del cliente social. Para ser percibido como agente responsable, no basta con que la organización tenga en cuenta a los empleados y a aquellos que compran bienes y servicios, sino integrar el bienestar social como un factor más de negocio, y como una palanca crítica para alcanzar el éxito global. Se reclama ahora a las organizaciones adoptar un compromiso profundo y sincero para contribuir a que la sociedad avance en su afán de convertir la tierra en un lugar mejor; lo cual implica abrazar un nuevo entendimiento del papel institucional de las empresas.


La transformación es intensa para la mayoría de las organizaciones ya que pone en la agenda nociones éticas a las que las empresas, orientadas al lucro, no estaban habituadas. Emerge una nueva categoría de entidad mercantil o financiera que, sin soslayar el objetivo de ser viable y rentable, asume también otras prioridades en su razón de ser.


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