Francesca Cordido, Equipo Whiplash. Febrero 2018.

Hace apenas unos días, el pasado domingo 27 de enero, moría en su Suecia natal Ingvar Kamprad fundador de IKEA. Considerado como una de las mayores fortunas del mundo –valorada en unos 65 mil millones de dólares–, este visionario transformó para siempre la industria mundial del mueble y la decoración con la sencilla idea de ofrecer una gama de mobiliario y productos para el hogar basados en tres principios básicos: funcionalidad, diseño y precios tan bajos que fuese accesible a la mayoría de la gente. Su propósito, mejorar la vida cotidiana de las personas en sus hogares.

“Hace mucho, mucho tiempo, decidimos que, en lugar de fabricar muebles para personas con las billeteras llenas, nos pondríamos de parte de la mayoría dándoles la oportunidad de tener una mejor vida cotidiana. Decidimos ofrecer una amplia gama de artículos para el hogar con buen diseño y funcionalidad, a precios tan bajos que la mayoría de la gente podía permitirse comprarlos”– Ingvar Kamprad.


Nacido en 1926 en la provincia sueca de Småland, una región agrícola al sur del país, la infancia y juventud de Kamprad estuvieron marcadas por la precariedad y la falta de recursos que acuciaban las zonas rurales de Suecia. Esto selló su carácter, e impulsó su visión del modelo de negocio que democratizó el acceso a los muebles de diseño.


El joven Kamprad inició su negocio en 1943, con apenas 17 años, 10 coronas suecas de la época y el aval de su tío Ernst, porque él era menor de edad. Bautizó la empresa con un acrónimo de sus iniciales (IK) y las de la granja y el pueblo donde creció, Elmtaryd y Agunnaryd (EA) y se lanzó sin tiendas físicas, vendiendo por catálogo casi de todo, hasta que en 1948 comenzó a incluir muebles producidos por fabricantes locales.


Sus primeras apuestas fueron un sillón para hacer punto, un sofá y una mesa de centro. Se vendió todo y ese fue el verdadero comienzo de IKEA, que en aquel entonces se escribía en mayúsculas y minúsculas con acento en la “e”: Ikéa.


El camino no estuvo exento de dificultades. Entre ellas, el boicot que le hicieron sus proveedores a mediados de la década de los 50 y que, paradójicamente, fue la razón que empujó a IKEA a convertirse en fabricante. Kamprad hizo de la amenaza una oportunidad y le dio, nunca mejor dicho, una vuelta de tuerca a aquello de fabricar muebles buenos, bonitos y baratos reduciendo los costes al hacer algo que hasta entonces nadie había hecho: transformar los muebles en modelos para armar con un embalaje plano y una llave Allen.


Las ideas de Kamprad fueron innovadoras en términos de producción, embalaje, distribución y ensamblaje (por primera vez el cliente era parte del proceso), y también disruptivas para el mundo empresarial de la década de los 50 del siglo XX: partían de un propósito claro –mejorar la vida cotidiana de las personas– que centraba la atención en las necesidades de los clientes y no en el producto, lo que era norma entonces. También, porque la manera de hacer de IKEA fue pionera de muchas prácticas que hoy son cada vez más importantes en las organizaciones modernas.


Pragmático y visionario, Kamprand tenía claro que no siempre es sencillo mantener el rumbo en un mundo en permanente cambio y una sociedad de consumo en crecimiento exponencial. Sabía que es fácil que, en la carrera por obtener mayores beneficios, la identidad de la marca se desdibuje, desatendiendo la esencia y olvidando el por qué existe la empresa. Así, en 1976 edita por primera vez El testamento de un comerciante de muebles, que recoge los nueve mandamientos que resumen la filosofía de IKEA. Los dos primeros dejan claro aquello que es inmutable, que resume la identidad de la que emanan el propósito, la personalidad y la propuesta de la empresa de muebles y decoración más grande del mundo:


  1. El surtido, nuestra identidad. Ofrecer un amplio repertorio de artículos de hogar útiles por su forma y función a precios tan bajos que puedan permitírselos la mayoría de las personas.

  2. El espíritu de IKEA. Fundado en el entusiasmo, el deseo de renovación, la actitud ahorrativa, la responsabilidad, la humildad ante los cometidos y la sencillez en el modo de ser. Tenemos que cuidar unos de otros, inspirarnos mutuamente. Pobre del que no pueda o no quiera participar.


El resto de los mandamientos reflejan el carácter y la personalidad del fundador de IKEA, y marcan una forma de ser y hacer atemporal, que constituye la savia de la que se nutre la empresa.


En 1986 Kamprad dejó el mando de IKEA, aunque se mantuvo en el consejo directivo hasta 2013, cuando se retiró definitivamente. Sus sucesores en la dirección de la compañía han mantenido el rumbo trazado por el fundador, aunque adaptándose a las exigencias de los nuevos consumidores. La llegada de Marcus Ergman como Director de Diseño en 2012, por ejemplo, ha insuflado un nuevo aire a la multinacional, incorporando la moda a la oferta de productos y añadiendo a la trilogía fundacional de principios (diseño, funcionalidad y bajos precios), los de sostenibilidad y calidad. Ahora, la empresa dice adiós definitivamente a su creador, pero su impronta en la identidad de IKEA es indeleble.